WormJammers: El por qué de las cosas

Un nuevo día daba comienzo, para Cryw no era más que otro día en su existencia. Un día, que como anteriores, no sabría aprovechar, no desearía vivirlo. Pues la vida para él era una continua niñez, un nuevo renacer a cada día. Y cada día que pasaba era un paso más en ese círculo vicioso en el que se había convertido la vida para Cryw.

Al abrir los ojos se encontraba en la oscura habitación en donde vivía, una mísera habitación de unos pocos metros cuadrados que para Cryw le eran más que suficientes. La habitación completamente sumida en sombras lo acogía cada mañana, y desde que se despertaba hasta que por fin se decidía por hacer algo, se podía pasar horas y horas pensando. Por su vieja mente pasaban numerosas ideas, pero en lo que principalmente se debatía era en que estado iba abandonar su lecho. Pero aquel día, a diferencia de los anteriores, no contó con un elemento inesperado en la que era la ecuación de cada día.

La pesada puerta de la habitación cedió bajo el fuerte golpe que le propinó con una pierna izquierda. La puerta hizo su recorrido hasta estallar contra el muro, astillándose en mil y un pedazos. Cryw no tuvo más remedio que mirar hacía la entrada, al mismo tiempo que su cuerpo que ponía en guardia, sintiendo como sus tejidos se alineaban en conjunción perfecta en su propio ser.

Ante él, ocupando la totalidad del marco de la puerta, se hallaba un hombre alto y robusto por igual. Su cabeza sobrepasaba el marco, por ello en el momento en que avanzó un paso hacía la habitación tuvo agachar la cabeza. La luz entrante impedía la perfecta definición del rostro del extraño, pero los motivos al entrar de aquella manera, no eran muy difíciles de adivinar.

Sin que a Cryw le diera tiempo a reaccionar, aquel gigantesco hombre se dirigió a Cryw con voz fuerte, profunda y cargada de un odio seco:

– Acata mis órdenes sin resistencia.

Cryw no podía reaccionar, aquel hombre estaba a menos de dos pasos de ‚l, como si de una montaña se tratase, por un momento no se atrevió a realizar gesto alguno, solo con su mirada buscaba algo, que en aquel momento se le antojaba de vital importancia.

Su mirada se fijó en dos barras de metal, de no más de veinte centímetros de largo cada unas, pero de gran grosor, fabricadas en un material plateado brillante. Estas barras se encontraban en un banco a pocos pasos del camastro donde él se encontraba. Volvió la mirada hacía su atacante, los ojos de este brillaban de una forma muy extraña, como de un color rojizo cargado de odio. Cryw recorrió la habitación con la mirada hasta la barras de metal, los vivos ojos del recién llegado siguieron a los ojos de Cryw. A la misma vez que este alargaba el cuerpo para llegar hacía las barras, el atacante levantó su fornido brazo derecho señalando a Cryw.

A la velocidad de un pensamiento, sin que Cryw descubriera que, y antes de que este llegase a las armas algo le golpeó. De la palma de la mano, como si de una serpiente se trata, dos cadenas de frío metal, cubiertas de la propia sangre de su dueño se alargaron hacia Cryw. Eslabón a eslabón fueron saliendo de la carne de la palma de la mano, como instantes antes había aparecido al exterior de la parte superior del antebrazo y de similar manera a como emergió a la superficie de entre la carne del antebrazo volvió a sumergirse en la carne que rodeaba a la muñeca. Como si de un gusano entre la tierra se tratara, recorría en interior de la carne hasta aparecer por la palma de la mano. Esta doble cadena surcó el aire tan velozmente como el pensamiento cruza la mente, como si de un relámpago se tratase. Las dos gruesas picas, puntiagudas, que tenía en su extremo cruzaron el aire tan fríamente como entraron en la carne de Cryw. Se clavaron a la altura del corazón. De la poderosa fuerza que la movían, el cuerpo inerte de Cryw fue arrojado contra la pared, como un frío trozo de carne muerta. La fuerza de la doble cadena era tanta que incluso el grueso muro no pudo impedir su avance, destrozándolo en mil grietas. Entonces la doble cadena se detuvo en seco, tan súbitamente como había empezado a moverse, lo que hacia menos de un segundo había estado totalmente tensado ahora no era más que un flácido trozo de metal cubierto tanto de sangre como de un líquido viscoso plateado.

«Un pozo tan oscuro como la noche se abre ante mí, tan profundo que no llegas a ver el fondo, ni tan siquiera puedes ver la luz de la entrada. Así es mi vida, caer por un pozo. Lo peor de todo es que tengo que vivir, llevo tanto tiempo viviendo que he olvidado el momento en que empecé‚ en todo esto. No pertenezco a este mundo, quizá s nunca pertenecí, pero no lo recuerdo. Solo sé que permanezco en pie mientras los demás caen unos tras otros, y eso me hace pensar, me hacer sentirme fuera de aquí, preguntándome por qué razón permanezco en este mundo. Intento buscar un por qué.

«¿Por qué?… ¡¿Por qué?!»

El cuerpo de Cryw estaba pegado a la pared, no había señal alguna de que aún pudiera conservar ni un atisbo de vida. En su pecho desnudo dos amplios agujeros, atravesados por la gruesa cadena, señalaba el lugar por donde esta había entrado.

La cadena volvió a tensarse, volvía en moverse pero en este caso en sentido contrario al anterior, se deslizaba a través del muro hacía el cuerpo de Cryw, y de este caía por el suelo a la vez que el brazo derecho de aquel hombre descendía hasta unirse a cuerpo. Durante todo este movimiento la cadena continuaba saliendo de la palma de la mano, sin que su dueño hiciera mueca alguna de dolor.

– Venga. – susurro para sí mismo.

– Venga. – alzó algo más la voz.

-¡Venga!

¡Levántate maldito!

– Eras tú, no podía haberme equivocado, él nunca se hubiera equivocado.

– ¡Levántate! – lanzó al aire con un grito de rabia. Como si aquellas palabras tuvieran un poder oculto, como si indujesen un ansia de vida, los ojos de Cryw. Mirando fijamente a los ojos de aquel hombre, mirando aquellos ojos castaños que recobraba la ilusión a la vez que Cryw iba recobrando la movilidad, la vida. Pues intentó levantarse, con gran esfuerzo por su parte pudo volver a incorporarse. Continuaba mirando fijamente los ojos de aquel hombre, interrogando por una simple cuestión.

– ¿Por qué me atacas, que te hecho? – preguntó a la vez que terminaba de incorporarse con la voz rasgada.

– ¿Es que debe haber alguna razón para él porque de las cosas? ¿Es que no se pueden realizar sin más, sin preguntas, sin intentar comprender por qué? –

– Maldito seas -, le contradijo severamente – Hay una pregunta que siempre machaca mi mente, y es: ¿Por qué está el mundo lleno de idiotas como tú?

– Mala suerte, creo que hoy no tendrás la respuesta. – le respondió irónicamente mientras llevaba su brazo derecho hasta su costado izquierdo.

Sin que a Cryw le diera tiempo reaccionar, aquel extraño hombre dio un fuerte mandoble con su brazo derecho, y como si la cadena fuese parte de ‚l, hizo esta el mismo recorrido, golpeando el pecho de Cryw con tal virulencia que lo seccionó de igual forma que lo hiciera una espada. Pero la cadena no se detuvo ahí sino que con una fuerza casi incontenible golpeó el muro tras el cuerpo de Cryw, haciéndolo caer por completo. Piedra a piedra, aquel muro quedo convertido en una montaña de escombros. Al faltar parte del apoyo la práctica totalidad del techo cayó hacía el suelo cubriendo por entero los restos diseccionados de Cryw.

La cadena ya sin fuerza cayó inerte sobre aquellos escombros mientras su dueño buscaba con la mirada los restos de Cryw. De similar manera a como apareció, la cadena fue introduciéndose en el brazo del hombre hasta que finalmente solo sobresalió las dos picas de los extremos por la palma de la mano.

– Sé que puedes levantarte, se que no puedes morir, ¡no debes! – hizo una pausa un instante, mientras volvía a examinar los escombros.

– Levántate álzate de entre los débiles y mortales, únete a los que como tú poseen el verdadero poder, el único poder como para liderar a los mortales. – volvió a decir al aire, pues nadie se encontraba cerca como para oír sus voces.

– No sé quiénes poseen ese verdadero poder del que hablas, solo sé que has agotado mi paciencia. Si quieres lucha, la tendrás. – dijo una voz, casi ahogada pero con gran fuerza.

De entre los escombros se alzó un una figura gelatinosa, deformada, sin rasgo alguno que la identificase. Una figura en constante movimiento, agitándose de forma incontrolada, como si no fuera más que una masa de barro, barro plateado en constante fluctuación. Ante la mirada de su atacante aquella masa acuosa plateada iba adoptando cada vez una figura más definida. Una figura de aspecto humanoide, aquel líquido plateado poco a poco iba dándole forma a lo que sería un hombre. Tanto brazos como piernas se separaban de resto, formándose como la constitución de un hombre, desarrollando unos abultados músculos. Seguidamente se fue definiendo el tórax al igual que la cabeza se redondeaba cada vez más. Aquella masa viscosa y acuosa formaba por completo la figura de un hombre, aunque de piel plateada, mediría casi tan alto como su rival y en anchura de espaldas podría decirse que lo superaba.

Lo único que no lo hacía asemejarse a un hombre era un rostro con unos rasgos totalmente desfigurados y la piel plateada. Pero en los instantes siguientes a la transformación, el rostro se moldeaba como si manos invisibles lo trabajasen, poco a poco se fueron definiendo tanto la boca como las cuencas oculares, poco después aparecieron la nariz, mejillas y las orejas. Por fin un rostro apareció en la cabeza, era un rostro de un hombre joven pero robusto como era en realidad su cuerpo.

Del cráneo plateado liso en unos pocos segundos aparecieron unos cabellos largo y de un color negro intenso, este cabello calló por la espalda hasta casi tocar el final de la misma. El hombre permaneció de pie casi sin inmutarse, observando como lo que en un principio era una masa viscosa deforme se fue transformando en el grueso y robusto hombre que tenía ante él.

– Veo que estas desarrollando todo tu potencial. Quizá ahora podamos a divertirnos. – le dijo mientras sonreía y alargaba en brazo derecho señalando hacía la figura recientemente formada.

Esta por su parte había cambiado el color de la piel así como la textura, pues esta pasó del plateado viscoso del líquido al marrón rosado suave de la carne.

– Amigo creo que no reirás tanto cuando hallamos acabado. –

Entonces firme mirando hacía su atacante, que le señalaba con el mortífero brazo derecho, alzó ambos brazos hasta la altura del rostro para que su contrincante observara como los antebrazos recuperaban el color plateado. En estado acuoso se estiraron hasta sobrepasar los cincuenta centímetros, adoptando la forma de la hoja de una espada, afilada a ambos lados, de resistente metal.

Con un grito ahogado se abalanzó contra el hombre que tenía enfrente. Este pareció no sorprenderse por la nueva transformación. Observando permaneció mientras se abalanzaba contra él, con las hojas afiladas brillando a la luz del temprano sol cortando el aire preparándose para saborear su carne.

Su brazo derecho continuaba señalando mientras su objetivo se abalanzaba contra él, con un rápido pensamiento la cadena surco el aire, desde la palma de la mano hasta atravesar el grueso pecho de su atacante. La cadena al entrar en el cuerpo hizo que este se inclinase, la cabeza se agachó hasta casi bajar al pecho, mientras el cuerpo era despedido hacía atrás junto con la cadena que continuaba estirándose. Tras el primer empuje consiguió mantener la verticalidad, los dos agujeros abiertos en su pecho se unieron hasta formar uno único, amplio, por el cual seguía atravesando la cadena. Casi de inmediato la hoja de su brazo derecho se transformo de nuevo en una mano que agarró las dos cadenas en el mismo puño. Con un movimiento lateral, abriendo gran parte de su pecho, consiguió dejar a su derecha la cadena, mientras su pecho volvía adoptar la anterior forma.

El dueño de la cadena haciendo un gesto de tirar hacía él intentaba recoger la cadena. Pero al observar a su rival, comprobó como la mano de éste ya no sujetaba ambas cadenas sino que su mano se había convertido una con la cadena. Estaba sujetando la cadena, mejor aún su mano se había unido a la cadena, estaba absorbiendo, tenia aún capacidad para absorber. Su rival estaba a tan sólo tres pasos de él. Atacó, manteniéndose en equilibrio con su pierna derecha levanto su compañera para golpear, pero lo que un inició parecía que iba a ser un golpe al aire se convirtió en un profundo corte en la pierna derecha de su rival. Había conseguido alargar la pierna hasta tocar a su rival, justo ante de golpearlo, como anteriormente hiciera con su mano derecha, la pierna se convirtió en una delgada y afilada hoja de metal que produjo un largo corte que sangraba abundantemente.

Al sentir el agudo dolor en su pierna derecha, con toda su voluntad consiguió mover de nuevo la cadena. Esta golpeo el pecho de quien la sujetaba, al estar este distraído no pudo esquivar el golpe. El fuerte golpe hizo que la cintura y pecho del hombre cedieran hacia atrás varios metros, trasformándose la piel en el liquido plateado viscoso, tanto las piernas como el resto del tórax y la cabeza permanecieron en su lugar, alineadas una encima de la otra.

Se preparó para lanzar un nuevo golpe contra su rival, que tras el golpe inicial aún no había conseguido recuperar su forma. La cadena voló de izquierda a derecha, cortando el aire, con un zumbido según se iba desplazando en el vacío. Cuando la cadena estuvo a pocos milímetros de golpear el cuerpo del hombre, este se desplomó por completo. Pero no como si un hombre cayera sobre tierra, sino que la forma humana pasó a adoptar una forma acuosa similar a la que poseía ante de la primera transformación, y al igual que cae el agua al ser arrojada de un cubo con gran fuerza, de esta misma forma se dejó caer contra el suelo formando un amplio charco de agua plateada. Sin que al dueño de la cadena le diera tiempo reaccionar, observó como el charco se desplazaba a gran velocidad hacía él. Cuando estuvo a menos de un paso de él, el agua plateada del charco comenzó a alzarse, fue adoptando el tórax de un hombre a la vez que alzaba ambos brazos.

A la altura de la cintura de su rival lanzó hacía delante el brazo derecho. El hombre lo miró con terror en los ojos. El brazo se fue acercando al estomago poco a poco, pero r pido como el relámpago, a la vez que se iba acercando, el brazo se iba transformando en una brillante y puntiagudamente afilada cuchilla, que empezó a atravesar el estomago. Milímetro a milímetro se internaba en el intestino de su rival, en un ángulo ascendente, rompía la columna vertebral apareciendo a medía espalda, abriendo la carne, forzándola a abrirse, expulsando al exterior carne y sangre. Totalmente cubierta de sangre, mientras de su extremo goteaba, permaneció la cuchilla apareciendo por la espalda del hombre. En el rostro del herido se reflejaban por igual dolor y terror, su boca permanecía abierta, expulsando sangre, que le caía por la comisura de los labios, los ojos totalmente abiertos como si observasen más allá de todas las cosa.

Por fin extrajo su brazo del estomago de aquel hombre, mientras el cuerpo caía. Él fue recomponiendo su cuerpo hasta volver a ser el un hombre robusto y en mayor o menor medida normal. Con esta forma abandonó el lugar en ruina, en medio de un gran charco de sangre bermeja permanecía el cuerpo de su rival tendido. En su brazo derecho permanecía fuera la cadena, que estaba totalmente extendida e inerte a través de los escombros del lugar.

Mientras en la lejanía Cryw se marchaba sin mirar a atrás. La cadena volvía a serpentear en el lugar.

Publicado originalmente el 18 de enero de 2004 en WormHole CiFi.com
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